La vanidad femenina no conoce límites. No importa cual sea
el motivo ni la ocasión, ellas siempre insisten en verse perfectas. La ropa
debe combinar con los zapatos, los zapatos con el bolso, el bolso con el maquillaje,
el maquillaje con cabello, el cabello con la piel y la piel con la ropa. Pasan
horas frente al espejo decidiendo cuál
peinado es mejor. Un solo cabello fuera de lugar puede desatar una catástrofe de
dimensiones apocalípticas. ¡Pobre de aquel que se encuentre cerca!
La tarde del viernes pasado, me encontraba sentado en la
banqueta frente a mi casa viendo pasar gente y bebiendo una caguama. El día parecía
de lo más tranquilo y normal. Una de mis más queridas amigas se sentó junto a
mí. Llevaba en la cabeza un paliacate.
—¿Hoy es día de vestuario rockabilly?
—No. ¿Me acompañas a cortarme el cabello?
—¿Por qué te lo vas a cortar?
—¡Se me hizo un puto hoyo en el cabello por culpa de la decoloración! —me
gritó con la cara roja de furia—. ¿Me vas a acompañar o no?
En un solo movimiento
me levanté, recogí la caguama, le puse la tapa y la guardé en mi mochila. Por
un momento pensé que escupiría fuego y me apuñalaría con sus garras si no me
apresuraba. Caminamos hasta la avenida y nos subimos a un camión.
—¿Hasta dónde vamos?
—Hasta donde nadie me conozca. No quiero que me vean así en las estéticas
de la colonia.
Bajamos del camión
cuando por fin decidió que estábamos bastante lejos. No tardamos mucho en
encontrar una estética. Le dio indicaciones a la estilista mientras yo tomaba
asiento. Un rato después salimos de lugar. Le dije que se le veía muy bien ese
nuevo corte y que el hoyo quedaba bien disimulado. Sacó un espejo de su bolso y
se miró detenidamente.
—¡Parezco señora de los noventas!
—Claro que no, te ves muy bien.
—¿Cómo me voy a ver bien? —sus ojos parecían carbones al rojo vivo—. ¡La
parte larga debería ser más larga y la parte corta más corta!
—No te preocupes, te crecerá rápido.
—¡Ni madres! Vamos a otro lugar para que me corten más.
Se puso el paliacate
nuevamente y empezamos a caminar buscando otra estética.
Al final del día
regresamos a la banqueta. Algunos amigos ya estaban reunidos ahí. Tuve que
comprar unas caguamas frescas porque la que tenía en la mochila se calentó. Los
pies me dolían y podría jurar que me salieron ampollas porque caminamos durante
horas. Todos nuestros amigos se apresuraron a decir lo bien que le quedaba el
nuevo corte.
—No me gusta, parezco niño.