Desde la sombra observo la vida pasar. Mi mirada se pierde
en el horizonte, y el tiempo se detiene. Puedo escuchar fuertemente el lento latir
de mi corazón. Siento como el aire roza suavemente la piel de mi rostro. Mis
pensamientos giran en mi mente como el polvo y la basura en un remolino de
viento. Acuden uno tras otro sin orden lógico, y a veces se atropellan entre sí.
Son demasiados, son violentos, son imágenes de destrucción y muerte. Y de
pronto regreso a la realidad…
Ha pasado un mes desde que mi amada se fue. La herida sigue
sangrando como el primer día. Un cúmulo de emociones me perturba noche y día.
Dormir es imposible. Tengo miedo de soñarla. Temo ver imágenes de ella, de su
sonrisa, de su mirada, de su magnífico cuerpo desnudo.
Rezar es lo único que me tranquiliza. Le pido a Dios que me
devuelva a mi amada, pero él no atiende a mi ruego. Sé que no lo hará, quizá
porque he negado su existencia toda mi vida. Dicen que sus caminos son
extraños, que siempre tiene un plan perfecto, que no deben cuestionarse sus
motivos.
Me he cansado de esperar a conocer el plan que Dios tiene
para mí. Toda la vida he sufrido su capricho. Me ha lanzado al piso una y otra
vez, y cuando estoy a punto de levantarme me tira de nuevo. Dicen que la vida
es así, pero ya no lo soporto. Mi cuenta de fracasos supera grandemente a la de
triunfos. Las alegrías han sido pocas y las tristezas son cosa de diario.
Siempre he escuchado que las soluciones fáciles son para los
cobardes. Me dijeron que debemos tener paciencia y que el tiempo se encargará
de curarlo todo. He desechado todo eso. No soy cobarde, pero tampoco tengo
paciencia. He decidido acabar con mi vida. Quiero ponerle punto final a mi
historia. Ha llegado la hora de bajar el telón. Quizá habrá quien piense que
fui egoísta, que no pensé en el sufrimiento de mi familia y amigos. Sé que será
difícil para ellos, pero debo pensar primero en mí.
Ya me tomé 24 aspirinas y medio litro de vodka. Siento como
mi corazón se acelera y empieza a perder el ritmo. Me cuesta trabajo respirar. Madre, perdona a tu hijo
desesperado. Adiós a todos, adiós a la vida, al sufrimiento, a los amigos, a la
familia, al mundo. Tomaré 12 pastillas más, un par de tragos de vodka, haré
click en publicar y…
Adiós, amada mía.
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